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viernes, 4 de marzo de 2016

CASCAMORRA CERVANTES Y EL CORPUS CRISTI, por Carmen Hernández Montalbán.



Muchas han sido las conjeturas que se han hecho sobre el origen de nuestro variopinto personaje “Cascamorras”, cuyo traje bufonesco se ha convertido en símbolo de identificación popular accitana.
Desde su posible origen pagano, coincidiendo la celebración de la fiesta con las de la vendimia, a principios de septiembre por los romanos, al dios Baco y por los griegos a Dioniso. En Grecia eran fastuosos festivales carnavalescos que, más tarde, dieron origen al teatro. En Roma, en estas bacanales, el consumo desmedido del vino daba lugar al desenfreno. Estos festejos acababan en orgías donde los participantes terminaban dentro de las cubas donde se pisaba el vino y manchaban su cuerpo con las heces de las uvas.
La tradición cristiana, asimila el personaje, atribuyéndolo a un bufón del accitano Juan Pedernal, albañil, que estando en unas obras para la construcción del Convento de la Merced de Baza, a principios del siglo XVI, fue a golpear con el pico en la tierra, topándose con lo que creyó una roca dura. Prodigiosamente, escuchó una voz que parecía gritarle desde el fondo de la tierra ¡Ten piedad!, descubriéndose así la imagen de la Virgen de la Piedad. Siendo Juan Pedernal natural de Guadix, los accitanos reclaman la propiedad de la Virgen, en poder de los bastetanos desde entonces. Juan Pedernal y su bufón, cada año emprenden el viaje hasta Baza para apropiarse de la imagen sagrada.
Hay un pasaje del universal libro El ingenioso don Quijote de la Mancha,  titulado: De la extraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro o carreta de «Las Cortes de la Muerte» (II, capítulo 11), donde el protagonista y su escudero Sancho, se topan con una carreta cargada de actores de lo más diverso…
“Responder quería don Quijote a Sancho Panza, pero estorbóselo una carreta que salió al través del camino cargada de los más diversos y extraños personajes y figuras que pudieron imaginarse. El que guiaba las mulas y servía de carretero era un feo demonio. Venía la carreta descubierta al cielo abierto, sin toldo ni zarzo. La primera figura que se ofreció a los ojos de don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto a ella venía un ángel con unas grandes y pintadas alas; al un lado estaba un emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero con su arco, carcaj y saetas. Venía también un caballero armado de punta en blanco, excepto que no traía morrión ni celada, sino un sombrero lleno de plumas de diversos colores. Con estas venían otras personas de diferentes trajes y rostros. Todo lo cual visto de improviso, en alguna manera alborotó a don Quijote y puso miedo en el corazón de Sancho; mas luego se alegró don Quijote, creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosa aventura, y con este pensamiento, y con ánimo dispuesto de acometer cualquier peligro, se puso delante de la carreta y con voz alta y amenazadora dijo:

—Carretero, cochero o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quién eres, a dóo vas y quién es la gente que llevas en tu carricoche, que más parece la barca de Carón que carreta de las que se usan. 

A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió:

—Señor, nosotros somos recitantes de la compañía de Angulo el Malo. Hemos hecho en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es la octava del Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de hacer esta tarde en aquel lugar que desde aquí se parece; y por estar tan cerca y excusar el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamos vestidos con los mismos vestidos que representamos. Aquel mancebo va de Muerte; el otro, de Ángel; aquella mujer, que es la del autor, va de Reina; el otro, de Soldado; aquel, de Emperador, y yo, de Demonio, y soy una de las principales figuras del auto, porque hago en esta compañía los primeros papeles. Si otra cosa vuestra merced desea saber de nosotros, pregúntemelo, que yo le sabré responder con toda puntualidad, que, como soy demonio, todo se me alcanza…”
Estando en estas pláticas, quiso la suerte que llegase uno de la compañía que venía vestido de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la punta de un palo traía tres vejigas de vaca hinchadas; el cual moharracho, llegándose a don Quijote, comenzó a esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las vejigas y a dar grandes saltos, sonando los cascabeles; cuya mala visión así alborotó a Rocinante, que sin ser poderoso a detenerle don Quijote, tomando el freno entre los dientes dio a correr por el campo con más ligereza que jamás prometieron los huesos de su notomía…”
El personaje de bojiganga se parece tanto a nuestro Cascamorras que es muy posible que Cervantes, del que hay constancia estuvo en Guadix y desde aquí fue a Baza, el 9 de septiembre de 1594, como recaudador de impuestos de la Real Hacienda, justo cuando Cascamorras volvía de Baza a Guadix, se topara con la comitiva y se inspirase en este personaje cuando escribió la escena.
Carlos Asenjo Sedano, cita en su artículo “Notas para una biografía de Mira de Amescua” que para el año 1594 se contratan autos y comedias para representar con Andrés Angulo, director de una compañía, combinando los Autos con los Entremeses, de los que hay constancia en el Archivo de Protocolos Notariales de Guadix, firmados ante el escribano Luis Bernardo de San Martín. Teniendo en cuenta que la primera parte de Él Quijote se publicó en 1605, tuvo que ser durante la última década del siglo XVI cuando se estuviera escribiendo.
Anthony J. Close, en su libro Cervantes, recoge información sobre Andrés Angulo y dice que este “dirigió una compañía propia en 1593 y 1594; pero en 1595 apenas levantó cabeza, pues trabajaba, con su mujer Antonia de la Paz, a las órdenes de Nicolás de los Ríos”. Así mismo, nos cuenta que el cordobés Andrés de Angulo, el mismo mal autor de comedias inmortalizado en el Quijote, representó en Guadix en 1594 un auto que se llamaba La venta del hombre, en la Iglesia Mayor (Catedral). La compañía de Andrés de Angulo estaba formada por nueve miembros: siete hombres y dos mujeres y el día de la octava, por la tarde, representaron la comedia titulada Santa Teodora. Según notas a pie de página, lo que Andrés Angulo exige a los comisarios de las fiestas del Corpus accitanos era nada menos que 700 reales, cuatro fanegas de trigo y dos carneros vivos para que comieran los días que estuvieran aquí. La comedia Santa Teodora, está atribuida por unos autores a Lope de Vega y por otros a Andrés de Claramonte.
Lo que sí parece claro es que este tipo de figuras: cascamorras, botargas, moharrachos, bojigangas, hombres de musgo, etc. han estado ligados a la celebración de la fiesta del Corpus Christi en distintos puntos de nuestra geografía..

El mismo traje de Cascamorras, está adornado con símbolos asociados desde tiempos ancestrales a esta fiesta al Santísimo Sacramento: el sol y la luna. Antoinette Molinié Fioravanti, en su obra Celebrando el cuerpo de Dios, así lo explica:
“Es notable que la primerísima idea del Corpus Christi, la idea original y matriz del rito, haya sido una figura astral, hacia 1220, en sus sueños místicos sobre la eucaristía, Juliana de Cornillón veía, según escribe su biógrafo poco tiempo luego de su muerte, <<la luna llena carcomida por la mordedura de un negro creciente, amputada de una fracción bastante grande de su cuerpo esférico>>. En la interpretación de la visión que terminará por dar y que conducirá, cinco o seis años más tarde al Corpus Christi, la luna figura la Iglesia, es decir, una de las tres encarnaciones del cuerpo de Cristo… Antaño, en ocasiones de eclipse de sol, los curas solían exponer al Santísimo en sus iglesias, lanzando así, en lo que era concebido como una batalla cósmica contra las fuerzas de la sombra y de la muerte, la fuerza del pan de la vida eterna y el poder de fuego de la custodia.”

Desde tiempos remotos, el mal y el bien, el yang y el yin, la luna y el sol, el todo y la nada, la vida y la muerte, la recompensa y el castigo, se han enfrentado en un eterno combate, la eterna dualidad entre los opuestos.

¿Encarna Cascamorras esa polaridad?

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